Según los datos existentes, la invención de la chimenea data del siglo I después de Cristo. Anteriormente no se ha encontrado ni documentación ni resquicios de haber existido. Pero aún así, aunque no existiera anteriormente el elemento como tal, si que hay constancia de que el fuego se empleaba como método de calefacción desde que fuera descubierto, ya que a parte era el método de cocina.

En los primeros períodos de la civilización occidental, las “chimeneas” eran agujeros en el suelo donde se hacía fuego para poder calentarse. Posteriormente se inventó una especie de calefacción procedente de hornos que calentaban todas las estancias, e incluso el agua. Esto lo podemos tomar como el origen de nuestra actual termochimenea.

Cuando se empezaron a edificar edificios de varias plantas, las chimeneas iban pegadas a la pared y el humo salía de la estancia de forma horizontal, al contrario que en la actualidad.

Posteriormente, hacia el siglo XVII, se inventó un sistema de parrilla que permitía que el fuego respirara y de este modo pudiera durar más tiempo el calor.

Fue en el siglo XVIII cuando Benjamin Franklin inventó la estufa con su mismo nombre, de hierro fundido, que tras haberse apagado aguantaba el calor durante horas. Esta estufa ya eliminó el humo de las estancias, y, situándose en el centro del hogar, daba calor al resto del hogar. Pero tenían un problema, al aportar tanto calor, también aumentaba el peligro de incendios.

En el siglo XIX se inventaron las chimeneas más seguras, con más salidas de humo.

Pero aún no ha terminado la evolución de las chimeneas. En la actualidad, son fuegos cerrados que aíslan el fuego y mejoran la seguridad en el hogar, permitiendo además elegir entre una amplia variedad de chimeneas cassette, estufas y termochimeneas.

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